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«¿Adónde va el punto?. Ortotipografía y composición de textos.»
Por Horacio F. Gorodischer
 
   
 

   
   
 
 

La sonrisa de la escritura

 

¡Qué ardua empresa la nuestra!. Reseñar una ponencia sobre ortotipografía desde la propia plataforma que nos provee la escritura, sin dejar de ser escrutados por el mismo cuerpo de normas que definen la disciplina a reseñar. Así que, como primera medida, permítasenos acudir a un mecanismo autoexculpatorio para gozar temporalmente de esta licencia (quitada de contexto ex profeso, de otro modo no tendría valor la ironía) que nos acerca Pepe Martínez de Sousa: «…parece que no debe olvidarse que el sometimiento a ultranza a la norma en el lenguaje es como condenarlo al subdesarrollo.»


Algunas ideas planteadas por Jorge de Buen Unna en su libro Manual de diseño editorial nos permiten comenzar a plantear un posible escenario:


«El cuerpo de una obra debe tener una organización, y ésta tiene que ser evidente para el lector… […] En general, tal organización es responsabilidad exclusiva del autor, salvo por las probables correcciones y adaptaciones editoriales.
[…] El entendimiento, expresión y control de la jerarquía ya no es compromiso exclusivo del autor, sino que éste comparte su responsabilidad con otros profesionales, entre quienes se destacan el editor y el diseñador encargado.»

Con comprometido pesar, luego expresa:
«…pero lo que está sucediendo en nuestros días es alarmante: Muchos libros son diseñados y compuestos por personas que no solo desconocen el oficio, sino que carecen de oportunidades y medios para aprenderlo.»
En el peor de los casos, continúa de Buen «…los más talentosos tienen alguna tendencia a abominar las reglas y las estructuras rígidas.»


Martínez de Sousa se (y nos) pregunta: «Pero ¿qué es una norma?
Por lo que al lenguaje se refiere, podemos definirla diciendo que es el “conjunto de reglas restrictivas que definen lo que se puede elegir entre los usos de una lengua si se ha de ser fiel a cierto ideal estético o sociocultural”».


Normas que no crea el hablante (hispanohablante en nuestro caso) sino que son regidas por academias con pompas de proyección universal, por lo que podríamos pensarlas como dominantes en términos de uso de poder. Aunque las normas no son impuestas a modo de penalidad fatal, nadie va a ir a parar al cadalso si no se atiene dichas normas; en tal caso, todos nosotros nos sometemos a ellas, aceptando la lengua como un bien cultural común y no como patrimonio de tal o cual academia.


Algunas similares premisas (no literales, claro) fueron empleadas por Horacio Gorodischer para comenzar su (sic) «segunda charla», en la que destacó su admirable locuacidad, clara oratoria y avezados pensamientos que ayudaron a reflexionar un poco más sobre la escritura, unidad sustancial de su parlamento.


En su exposición, Gorodischer nos recordó que la escritura no tiene como única función proveer la expresión morfológica del habla, como afirman axiomáticamente algunos totémicos Popes del pensamiento occidental. En tal sentido, ni siquiera debería considerarse a la escritura subsumida al manto del léxico, (y para ello se ha valido de lúcidos ejemplos).


Gorodischer expuso algunos criterios, a modo de dupla comparativa, que nos permiten divergir con facilidad los conceptos habla y escritura. Aquellos que refieren al tiempo: linealidad (habla)/alineación (escritura), aquellos que corresponden al soporte: etéreo (habla)/superficie (escritura), los que hacen referencia al modus operandi: expresión natural «cultural» (habla) / mecánica tecnológica (escritura).


Particularmente reforzó una cualidad, tantas veces inadvertida, como es la fuerza locutoria del lenguaje, esto es, aquello que se quiere decir o se sugiere cuando se dice algo. En tal caso, el habla posee herramientas como la inflexión, la exclamación, la modulación y/o la expresión corporal que, si son bien utilizadas en la locución, disipan cualquier ambigüedad de interpretación. Este imprescindible artilugio no es tan gentil con la escritura, así que ésta se ve en la obligación de valerse de explicaciones afines y paralelas al texto principal para no derivar en redondos desentendimientos.


Gran parte de esas acotaciones o esclarecimientos están normalizados en un cuerpo de reglas morfosintácticas que se ha dado en llamar «ortotipografía», material que el orador, con no poca astucia, ha enunciado en su primera charla, la que sólo hubo de durar lo que la acepción de la misma le permitió que durara.


Una vez cerrada la charla primera, la que únicamente hubiese tenido por objetivo refrescar algunas normas ortotipográficas más o menos en vigencia, allí comenzó la segunda, fruto de un trabajo de investigación de casi 15 años. Un lapso considerable en el que, como ilustró, la investigación no creció en extensión, sino en profundidad, creció «hacia adentro».


Desde el punto de vista académico su propuesta es impecable. Cabe señalar que dedicó gran parte de su exposición a hacer explícito el marco teórico en el que discurre su trabajo. Asimismo ofreció un panorama acerca del estado del arte, es decir, sobre el punto en que se sitúa actualmente la temática.


No dudó en sentar a la misma mesa a Aristóteles, Rousseau y Saussure, algunos de quienes dan cuerpo a la bibliografía que apoya su investigación. Sin embargo lo más destacable del pensamiento de Gorodischer radica en su desapego de algunas líneas dominantes de la escena intelectual; líneas que cruzan océanos o continentes para instaurar sucursales de la verdad. En este sentido, Gorodischer parece tantear a la manera de los sofistas entre argumentos singulares. Desconfía de todo aquello que cierra en vez de abrir caminos. Tampoco adhiere dogmáticamente a escuelas o referentes en boga, de forma tal que su trabajo expresa un genuino desarrollo local.


No es frecuente contar con un orador de tan clara elocución narrativa y con semejante capacidad de captación de su audiencia. El discurso esquivó la indiferencia y logró involucrar activamente al público asistente, de modo tal que dio espacio a una importante participación. La argumentación de Horacio Gorodischer no es ni pirotécnica ni ampulosa, por el contrario es llana, entusiasta y cordial, por consiguiente entretenida, de modo que no nos quedó más que aprender y disfrutar.

 

   
 

Reseña: Aldo De Losa y Miguel Catopodis.

   
   
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