Reseña sobre “Filosofía y Letras” Sergio Manela en T-convoca
Ante todo quiero ser franco: no conocía en persona a Sergio Manela.
Nunca lo había visto en mi vida hasta ese sábado. Sí, mientras cursé la carrera, había oído su nombre en los pasillos de la FADU y tenía noticias, por intermedio de compañeros que la “sufrieron”, de que su cátedra de Diseño Editorial era realmente exigente.
¿Se debe sentir empatía por la persona sobre cuya charla va a escribirse una reseña? No lo sé. Sí sé que la sentí por él. Repito: sin conocerlo a él ni saber cómo piensa y habiendo visto sólo sus piezas más “famosas”.
¿Por qué sentí ganas de escribirla?
Pucha… tampoco lo sé.
¿Empatía o identificación con un método de trabajo?
Una vez más, no estoy seguro. Sé, a partir del sábado, que Manela trabaja de la manera que personalmente creo más desafiante y jugosa: usar lo que se tiene a mano.
A mano físicamente, en su ordenadamente caótico tablero tamaño cama matrimonial o bien a mano en su mochila de recursos, de vivencias, de experiencia en buscar problemas (gráficos, claro) y hacer lío (gráficamente hablando, claro). Si bien presumo que no siempre puede, Manela trata de resolver piezas con lo novedoso, pero novedoso antes que nada para él; no usa aquello que ya sabe que sabe hacer bien sino que (se) plantea problemas nuevos.
Desde la marca del “Museo de los niños”, pasada en limpio luego de usar una herramienta casi olvidada como el pistolete, a casi una instalación artística disfrazada de recepción en una empresa de coquetas oficinas. Desde sus autogestionadas tapas de casetes y compacts de música a la generación de las fotografías necesarias para muchas de las piezas que realizó para distintas editoriales. Desde desnudar con muchísimo esfuerzo una gran idea hasta dejar sus huesos y asumir públicamente el no saber qué le sigue a eso; al porque sí de algunas de sus decisiones pasadas revisadas hoy con otros ojos, con otra experiencia, otras vivencias, con otra mochila.
Me dice mi memoria que Manela dijo:
“¿Porqué usé una mayúscula bastardilla? Jamás lo haría... no sé, pero ahí está.”
“Nunca usaría una Bodoni en negrita… ¿porqué la usé ahí? No tengo la menor idea”.
“¿Y esta foto? No sé qué hace ahí”
Aceptar el componente aleatorio (emocional, intuitivo, ¿abductivo?) de las decisiones una vez que éstas se empiezan a apoyar cada vez más sobre la práctica de la práctica y sobre la experiencia que es vivir, viajar, amar y llorar es uno de los mensajes centrales que brindó Manela, más con sus sinceras palabras que con las imágenes que pueda haber elegido para armar su charla.
Porque lo que es porque sí al final no lo es tanto y porque lo que un diseñador debería hacer es buscar todo el tiempo en su tablero algo nuevo para usar.
Y resulta que entre pinceles, tijeras, revistas y recuerdos siempre hay algo escondido que seguro va a servir. |