Al terminar uno de nuestros encuentros del ciclo 2005, se comentó la posibilidad de organizar una charla con libreros. Libreros de oficio. Y me consultaron si podía ocuparme de la convocatoria.
Justo en esos días estaba la feria de libreros anticuarios en el Palais de Glace. Fui entonces a visitarlos. En aquel lugar estaban exponiendo, entre otros, Alberto Casares y Lucio Aquilanti, a quienes conté de nuestros encuentros y también de nuestro interés por conocer algo más acerca del mundo del libro. Inmediatamente los invité a participar de estas charlas. Hubo algunas postergaciones, compromisos… pero finalmente surgió la oportunidad de reunirnos.
Debo decir que con ambos me une una amistad de muchos años.
A Lucio lo conocí en la librería Fernández Blanco, de Gerardo Fernández Zanotti, donde trabajaba. La misma librería donde, muchos años antes, había trabajado su padre.
En el año 1994 Lucio se asoció con Fernández Zanotti, fundando la librería Aquilanti en lo que constituía el depósito de la librería Fernández Blanco, un viejo local en la calle Rincón entre Rivadavia e Hipólito Yrigoyen. Tiempo más tarde adquirió ambas librería, continuando con la mítica librería Fernández Blanco de la calle Tucumán.
Su charla trató sobre los misioneros jesuitas y el origen de la primera imprenta rioplatense, tema que ciertamente lo apasiona y lo revela como un estudioso e investigador en la materia. Proporcionó datos, referencias e imágenes que se encuentran a disposición gracias a la publicación de un material por parte de la Librería Fernández Blanco. Tal como Lucio, tuve oportunidad de conocer las ruinas de Loreto. El lugar es conmovedor. Quienes de alguna manera nos sentimos vinculados a los libros, más allá de su simple uso, no podemos quedar indiferentes frente a la proeza de aquellos “artesanos anónimos”, nuestros primeros tipógrafos.
La Antigua librería de Alberto Casares fue una de las primeras anticuarias a las que entré. Desde aquel primer encuentro me resultó evidente su admiración hacia Borges, que se manifiesta en su despreocupación por no apurar la venta de alguna de las primeras ediciones de “su” autor, ediciones que atesora con sumo cuidado. Habiendo tanto libro para vender ¿que apuro tiene Fervor de Buenos Aires? Así como hay lectores y coleccionistas de determinados autores, hay libreros de determinados autores… y Alberto claramente tiene ganado el lugar de librero de Borges.
La charla que oímos de él me hizo revivir el afecto y la admiración por un Borges humano. No parece ser un regalo casual que aquella última tarde en Buenos Aires la haya pasado en la librería de Alberto, rodeado de su obra y de sus amigos.
Nos queda en claro que aquella fue una tarde intensa, porque esa intensidad se transmitió en sus palabras, en las imágenes proyectadas y en el recuerdo imborrable de un librero de alma. |