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«Chaco, una tipografía de 12 años de edad. »
Rubén Fontana
 
   
 

   
   
 
 

Chaco, casi esquina Av. La Plata.

 

Mañana gris de sábado, auditorio de la Fundación Gutenberg, charla de Rubén Fontana –por defección de alguna otra establecida de antemano, de acuerdo a las afirmaciones del propio expositor ¡sabios designios del destino!–, ¿tema? (o ¿excusa?): la presentación en sociedad de «Chaco», su bebé tipográfico de apenas 12 añitos de gestación. Bebé grandecito, pero de parto normal, a no preocuparse. El vástago es un criollazo fortachón y al mismo tiempo, sensible, producto noble de la conjunción de pretéritos aunque robustos genes europeos, largamente sancochados con la rica y diversa sensibilidad autóctona latinoamericana.


Toda crónica rescata apenas aquello que el relator es capaz de percibir, siendo por tanto, uno de los géneros de ficción más cuestionables, pues so pretexto de dejar testimonio veraz de algunos hechos comprobables, ignora por ese acto todos los universos abolidos por la limitada capacidad de percepción del cronista. Aceptada esta inexorable premisa, para intentar una crónica medianamente aproximativa resulta ineludible referir sucintamente, un breve rosario de costumbres.


Asistir los últimos sábados de cada mes a la reunión de t-convoca, es una costumbre en algún momento casi extinguida, pero afortunadamente recuperada desde hace un tiempo. Participar por la sola presencia, de un ameno clima de camaradería en comunión con diversos intereses tipográficos, es otra costumbre. Dar por descontado que una charla de Rubén Fontana será una exposición amena, medulosa y enriquecedora, es otra costumbre. Y, como sucede con todos los actos consuetudinarios, todo efecto derivado de ellos, se suele dar por descontado. Dicho de otro modo: no produce el asombro de la novedad, el más vulgar de todos los asombros posibles. Y por esa vía, se cede a la tentación de considerarlos derechos adquiridos. ¿Por arte de quién? Fuenteovejuna, señor.


El que suscribe encuadra obviamente en las generales de la Ley. Sólo que, en algún punto de la dialéctica pasiva del acostumbramiento, se le debe haber presentado una inesperada grieta en la tersura de sus cómodas reflexiones pequeñoburguesas. Y ahí, le dolió la primera bocanada de aire en los pulmones, como –se consuela– le pudo haber sucedido al bebé tipográfico de Rubén. Y, con la intensa fugacidad de una revelación, por un instante tuvo la certeza de que, toda esa auto justificante tapioca de la costumbre, se rompía en pedacitos con el fulgor de la fascinante presencia de lo extraordinario.


Con rigor de cirujano y recursos de avezado cuentacuentos tipográficos, Rubén fue perfilando el problema a resolver, que no es otra cosa el motivo del desarrollo de toda nueva herramienta tipográfica. Contó cómo, a partir de una primera versión casi discontinuada, pues se había caído o había mutado el proyecto que le diera origen, vista por azar –e incluso elogiada– por Erik Spiekermann, esa implacable mirada de perro de presa tipográfico de aquel otro connoiseur le dio la excusa perfecta para retomar la elaboración de ese alfabeto, claramente orientado a la señalización vial. En una elocuente y acotada sucesión de imágenes locales y de varias partes del mundo, producto de la investigación visual previa, el diseñador fue mostrando la diversidad, incoherencia e inconsistencia de los sistemas de señalización en todas partes. Lo primero que salta a la vista es que, el común denominador o, mejor, la Norma que regula el sector es la incongruencia formal y el desprecio por la legibilidad y por la lecturabilidad de las señales en las condiciones especiales y críticas que representa la lectura, al comando de un vehículo que se desplaza velozmente por una carretera, o en carteles y señales que deben competir con la caótica polución visual urbana en casi todos lados. Desprecio que, como él afirmara, lo es menos por la estética de la  propuesta visual, que por la propia vida de los conductores de todo el mundo, sometidos a tan descabellados arbitrios, perpetrados a mansalva y sin consecuencias, por oscuros burócratas indolentes.


En la segunda parte de su exposición, Rubén fue desgranando la variedad de versiones que se fueron sucediendo a lo largo de esta docena de años, hasta arribar a la ¿definitiva?. Hizo una pormenorizada descripción de detalles estilísticos de diferentes letras de su alfabeto, comparadas entre sí y con alfabetos de características similares, junto con las decisiones conceptuales y formales que fue tomando en el transcurso de los diseños. En algún punto del desarrollo, decidió  enriquecer la idea original, que de incumbencia exclusiva para señalización, repentinamente floreció y se diversificó en una familia, provista de una amplia paleta de variantes aptas para texto, sin abandonar su intención primera.


Todo esto, se fue sucediendo con la naturalidad, sencillez y claridad expositiva a que Rubén nos tiene acostumbrados, tanto, que pareciera que hasta sus propios argumentos se nos ocurrieran a los circunstantes. Para no perder la costumbre, esta charla concluyó en el almuerzo y sobremesa posteriores, a media cuadra de la brevísima calle Chaco, inevitablemente. Con su secuela de efectos gratificantes, que durarán hasta la próxima charla. Sí, como de costumbre.


   
 

Reseña: Víctor García. 30 de junio de 2008.

   
   
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