| |
El rescate de la memoria, es una infrecuente reivindicación
–a menudo solitaria– que muy esporádicamente
se manifiesta en estas épocas, ávidas
del fútil vértigo de la novedad
y de todo lo que aún no es y está
por suceder, por su sola promesa. Cuando esa memoria
forma parte destacada de nuestro bagaje cultural,
es más patente la injusticia colectiva
que comete toda la sociedad en su conjunto al
haber condenado al olvido o a su manifestación
más perversa: la indiferencia, a los hijos
dilectos de otrora, que marcaron toda una época
con la impronta de su virtuosismo y su vitalidad
creativa. Alejandro Sirio pertenece a esta ingrata
categoría y su permanencia en ella representaba
una postergada deuda de gratitud colectiva, hasta
que se cruzaron ecos de su afamada actividad de
otras épocas, en el camino de Lorenzo Amengual.
De esta patriada, sus alcances y sus implicancias
vino a ofrecer testimonio Amengual en el ciclo
de T-Convoca, en este caso particular, en el Auditorio
del Museo Nacional de Bellas Artes, durante el
transcurso de la muestra de Sirio que se estaba
exhibiendo en ese momento en el propio Museo.
De manera inusual, y como un soplo de aire fresco,
ya que es casi inconcebible que una charla sobre
un tema eminentemente visual ofrecida a público
especializado, no venga acompañada por
variedad de archivos digitales proyectados con
un cañón de video. En lugar de eso,
el expositor vino provisto exclusivamente de materiales
analógicos para ilustrar su ponencia: líneas
de composición y matrices de Linotypo;
una pesada lente Voigtländer para cámara
de películas para impresión; papeles
pautados para textos y gráfica que empleaban
las editoriales; una enciclopedia de impresión
de la década del 50 y –precioso detalle–
algunos originales de Sirio. Todo para ver, tocar
y circular sin restricciones en el transcurso
de la charla. Amengual dijo que inició
su investigación a partir de la ignorancia,
pues fue su admiración por la obra de Sirio,
la que lo llevó a bucear en el pasado,
intrigado por conocer más sobre la persona
que palpitaba detrás de ese deslumbrante
profesional del dibujo. Amengual se centró
en hacer una vívida pintura del ambiente
tecnológico de la época de Sirio,
las novedades que se iban sucediendo en el mercado
editorial de la primera mitad del siglo XX –tiempo
en que se desempeñó Sirio–
y la manera en que el artista las iba implementando
en su tarea, dado que según Amengual, era
un gran innovador, siempre dispuesto a buscar
mejores métodos técnicos para reproducir
su obra.
En un tono amable y coloquial, con gran dominio
del tema y una sólida base cultural, aunque
sin atisbo de presunción, sino más
bien con espíritu curioso e inquisitivo,
Amengual fue perfilando la época tecnológica
y con ella, al personaje, en un interesante claroscuro.
Por un lado, destacando la labor incesante de
este artista del que, dijo, se calcula una obra
de alrededor de 30.000 trabajos efectuados a lo
largo de una trayectoria de cuatro décadas
de colaboración en ilustración de
libros y revistas de su tiempo, a partir de su
temprana consagración ilustrando «La
Gloria de Don Ramiro», de Enrique Larreta,
que le valió el reconocimiento general
y una cantidad de dinero tal que le permitió
pasar un año en París. El reconocimiento
estaría presente en toda su carrera desde
ese momento, no obstante lo cuál, contó
Amengual que, cuando el hijo del artista demostró
cierta predisposición y habilidad –naturales
o heredadas– para el dibujo, Sirio se encargó
obstinadamente de desalentarlo, afirmando que
no quería que su hijo pasara su vida atado
a una mesa de dibujo para ganarse la subsistencia.
Aquí el hombre experimenta la paradoja
de que aquello que se tiene en más aprecio,
es también aquello que nos evoca las calamidades
y la fragilidad de la existencia.
Lolo fue llevando la charla surcando con soltura
diferentes aguas, narrando con igual enjundia
desde el prosaico desarrollo de los factores tecnológicos
de la época, hasta la reveladora anécdota
personal del artista, ambos procesos con la misma,
calidez expositiva. Hacia el final de la charla,
confesó que –la investigación
continúa– entre las fuentes que aún
siguen apareciendo, depositarias parciales y ocasionales
de obra de Sirio olvidada en antiguos armarios,
tiene la ilusión de encontrar sus desnudos,
que nadie conoce. Consultado si tiene algún
indicio o dato de que los hubiera, respondió
que en absoluto, pero que un artista de esa calidad
debía haberlos hecho.
¿Deducción o corazonada? ¿Razón
o emoción? Sea lo que fuere, en caso de
que los hallara serían una inmejorable
excusa para una nueva charla en T-Convoca.
|