Marina Garone Gravier presentó los
últimos avances de su investigación
doctoral acerca de la tipografía
colonial para lenguas indígenas.
Si bien la tesis aún está
en desarrollo, la charla fue valiosa no
sólo por rescatar un tema poco tratado,
sino también porque dejó entrever
el profesionalismo y la seriedad con los
que encara cada una de sus investigaciones.
A diferencia de lo que se suele hacer al
elaborar estudios históricos sobre
el libro –referirse al diseño
editorial–, Marina se centró
específicamente en investigar cómo
se diseñaba e imprimía tipografía
para lenguas indígenas en el territorio
mexicano en la época de las colonias.
El material de estudio para llevar a cabo
este trabajo es producto del intercambio
entre los pobladores originarios y los miembros
de las órdenes católicas llegadas
a América: era necesario adaptar
el alfabeto latino para representar sonidos
propios de las múltiples lenguas
nativas existentes en el área con
el fin de imprimir, posteriormente, libros
para la oración y formación.
Y, si bien la intención primigenia
era la evangelización, también
les proporcionó a los indígenas
una nueva herramienta para registrar datos
y conocimientos que hasta ese entonces se
transmitían exclusivamente de manera
oral, o para conocer textos más allá
de los religiosos (diversos testamentos
dan cuenta de la posesión de libros,
e inclusive de bibliotecas, por parte de
los indígenas).
Marina compartió también
su método de trabajo: en primer lugar,
la elección clara y precisa del tema
y, ante la dificultad de abarcarlo todo,
la definición de un marco espacial
y temporal que acote la información,
pero a la vez permita un trabajo intensivo
en el área definida. En segundo lugar,
para la etapa de documentación tuvo
que tener en cuenta qué bibliotecas
contienen ejemplares que datan de ese período,
si tenía acceso a ellas (ya que muchas
se encuentran fuera de México) y
si esos ejemplares pueden consultarse o
fotografiarse.
Para organizar la información, previamente
a la etapa de análisis elaboró
fichas en las que cataloga cada ejemplar
y registra minuciosamente las características
de los signos tipográficos utilizados:
mide cuerpos, grosores de trazo, interlíneas,
etc.
Al finalizar la charla tuvo lugar un extenso
y rico debate que le permitió remarcar
lo necesario que es hacer a un lado los
prejuicios en pos de lograr la mayor objetividad
posible, ya que pretender “entender”
o juzgar el pasado con categorías
o con valores actuales desdibujaría
toda comprensión de la realidad de
ese tiempo y lugar.
El ciclo 2005 finalizó compartiendo
bocadillos, pizzas y un brindis con el novedoso
trago institucional: té con vodka.
Natalia
Fernández y César Mordacci
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Tipos nuevos para
un nuevo mundo
Para todos los que nos formamos en diseño
en el país, encontrar un colega se
interese por la investigación académica
de la historia del diseño es poco
más que una rareza. En general, la
investigación sobre “nuestra”
historia ha quedado en manos de disciplinas
mejor armadas académicamente, cómo
historia del arte. Que un diseñador
decida bucear de lleno en el pasado de nuestra
profesión es una excelente noticia.
En la exposición de Marina Garone
Gravier la originalidad del tema va de la
mano de un rigor académico notable.
Fue muy interesante escucharla diseccionar
su tesis, sus objetivos académicos
y sus elecciones metodológicas frente
al auditorio. El trabajo expuesto, si bien
nos puede resultar algo ajeno (ya que el
peso de la tradición aborigen en
Argentina no es el mismo que en México)
dispara inmediatamente las preguntas recurrentes
sobre la comunicación visual: cuando,
cómo y con que fines se decide darle
forma gráfica al discurso.
En su trabajo, Marina analiza las elecciones
estéticas y prácticas que
guiaron la generación de alfabetos
para lenguas que carecían de ellos,
lo cual no solo fue un reto a nivel técnico
y práctico, sino que fue el punto
fundacional para muchos pueblos de su modo
de escritura.
La especificidad del recorte temático
no permite analizar el impacto de la alfabetización
en la cultura de esos pueblos, ni detenerse
en los motivos que llevaron a imponer el
alfabeto a millones de personas. En ese
sentido su trabajo no interpreta ese pasado
tipográfico. Más bien lo expone
como ejemplo de la evolución de una
práctica que debió adaptarse
rápidamente a las condiciones materiales
y culturales de un mundo nuevo.
Parte de los puntos dejados al margen afloraron
en las preguntas al final de la charla,
momento en el que se generó un debate
interesante sobre el impacto de la conquista,
que incluye la introducción del alfabeto.
Fabio Massolo
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«Se lee, pero
no se acata»
El trabajo doctoral presentado por nuestra
colega Marina Garone avanza con seguridad
a través de un terreno difícil,
un campo frecuentado por prejuicios y lugares
comunes, por conflictos y odios ancestrales.
Por este motivo, vale destacar, se trata
de una investigación que está
siendo realizada con reflexión y
sentido crítico.
El primer obstáculo que atraviesa
con éxito, es reducir una historia
tan rica y compleja a un simple juego de
víctimas y victimarios. Evita, por
tanto, adoptar una mirada compasiva hacia
la población originaria, verdadera
protagonista en esta historia, otorgándole
un lugar decisivo que por cierto le corresponde.
En ese sentido, la trampa que sortea es
la de asignarle erróneamente un papel
deslucido para resaltar, en cambio, las
habilidades y destrezas para con el mundo
de las lenguas y la tipografía. A
la luz de los datos relevados mediante una
búsqueda ordenada y metódica,
en la América del período
abordado no se aceptan sumisamente los mandatos
que envía el imperio sino que, por
el contrario, se asume una actitud creadora
y vital. Es por ello que surge con elocuencia
una frase citada por la expositora; la frase
que se pronunciaba ante la inminente lectura
de las directivas que llegaban desde el
viejo mundo, órdenes que sin duda
contrariaban el clima social, político
y cultural de la América prerrevolucionaria.
La destaco, ya que sintetiza con claridad
un espíritu que muchos manuales de
historia no alcanzan a reflejar.
«Se lee, pero no se acata»,
decían entonces.
Miguel Catopodis
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